Lecciones sobre la huelga en Cádiz

Tras nueve días de huelga del metal en Cádiz, siendo esta la primera huelga relevante después de la tranquilidad social impuesta por las condiciones pandémicas, como por el relato anestesiante del Gobierno PSOE-UP, debemos analizar cuáles han sido las lecciones de las que podemos aprender para las luchas venideras y para la organización de la clase trabajadora.

Qué ha supuesto la huelga de Cádiz

La importancia de esta huelga ha destacado por el panorama de paz social en la que ha surgido. Un panorama en el que las condiciones de los trabajadores han venido empeorando de forma evidente, mientras se nos venía diciendo que la situación económica iba bien aunque los trabajadores nos teníamos que sacrificar por el interés de la explotación capitalista. Pero la clase trabajadora que no puede llegar a fin de mes y que ha visto sus condiciones de trabajo claramente empeoradas es consciente de su situación, lo cual ha llevado y llevará a luchas y movilizaciones contra las condiciones impuestas, con más o menos determinación, dependiendo de la nuestra organización decidida por nuestros intereses sociales.

Es por ello que ante la situación actual, esta huelga ha hecho despertar enormes apoyos no solo entre la izquierda que ha querido influenciar, como viene a ser común, sino que también ha levantado grandes apoyos por parte de trabajadores de toda España e incluso la solidaridad desde otros puntos del mundo.

Pero si la huelga ha concluido no ha sido por el hecho de una victoria de los trabajadores, sino por el papel de mercaderes de miseria que nuevamente ha ejercido la burocracia sindical en acuerdo (y celebración) de la patronal y del Gobierno. La huelga comenzó con los pies en terreno pantanoso y finalmente quedó ahogada en la que ha sido crónica de una muerte anunciada.

Empecemos por el principio. La huelga fue convocada por UGT y CCOO, llevando la batuta desde el principio. Las asambleas, de surgir en algunas empresas, nacieron amputadas y limitadas al mandato sindical, no al de todos los trabajadores por encima del carnet sindical. Esta siempre ha supuesto la trampa inicial de unos sindicatos que se reservan la convocatoria, organización y negociación de la huelga. Como bien decíamos, la huelga empezaba en terreno fangoso, si bien impulsada por unos trabajadores cansados de una precarización en sus condiciones de trabajo a la que se le ha sumado una subida de precios que ha supuesto un verdadero recorte para los trabajadores. Sin ese impulso de base, seguramente la huelga ni siquiera hubiera sido convocada, como reconocieron delegados sindicales tras la firma del preacuerdo.

El desarrollo de la huelga siguió el patrón común que de tanto les sirve a la burocracia sindical de mucho ruido y pocas nueces. Los medios de comunicación se esmeraron en señalar el “terrorismo radical” en Cádiz, mientras las manifestaciones de apoyo y solidaridad iban creciendo entre los trabajadores mas allá de la propia Cádiz. Algunos trabajadores empezaron a oler la jugada de los vendeobreros desde el comienzo de la huelga, lo cual llevó a una concentración a las puertas de los sindicatos mayoritarios.

Mientras los medios represivos del Estado se esmeraban en su contenido, las negociaciones se llevaban a Sevilla fuera de todo control de huelguistas y las asambleas. El mercadeo se gestaba a puerta cerrada. Llegando el octavo día de huelga, se comenzaba a filtrar a los medios que ante la nueva jornada de negociación, las partes estaban en una “mayor sintonía”. Una nueva mala señal que se iba sumando a la tragedia anunciada.

Después de nueve días de huelga los trabajadores del metal de Cádiz vuelven al trabajo. El resultado: un acuerdo poco mejor que el ofrecido desde un inicio por la patronal. La ministra de trabajo celebra la derrota de los trabajadores a manos del capital y sindicatos diciéndonos que es un ejemplo de lucha. CGT y la Coordinadora anuncian la misma noche en que el preacuerdo es anunciado por parte de la patronal a la prensa (antes que a los trabajadores) su intención de continuar la huelga. La mañana siguiente los medios no ocultan su alegría ante la previsible confirmación del acuerdo en las votaciones.

Ante este panorama es urgente preguntarse qué falló en Cádiz y qué hacer en las luchas que vienen y, sobre todo, identificar cuál ha sido el papel de los sindicatos en la derrota. 

Los sindicatos de Estado en acción

Desde el principio los sindicatos orientaron la huelga a una negociación secreta y a espaldas de los trabajadores. Es decir, una negociación sobre el precio de la fuerza de trabajo, precio que como es evidente nunca puede superar las necesidades de beneficio del capital. Esta última premisa es, de hecho, la única que guía la actuación de los sindicatos y que no se diferencia en nada de los intereses del capital. 

No se trata tampoco de una traición aislada por parte de CCOO y UGT, sino que más bien es precisamente el modelo de la “lucha sindical” bajo las condiciones del capitalismo de Estado y la razón de su integración con la burocracia estatal de la clase dominante. Cuando nos dicen que “no podemos pedir más de lo que nos pueden dar” y aluden a la rentabilidad lo que están diciéndonos es justamente que primero van los intereses del capital y luego las necesidades de los trabajadores. Bajo este marco toda reivindicación queda castrada y la posibilidad de que la lucha avance es extremadamente limitada. Por tanto los sindicatos actúan, en tanto que mayoristas de la fuerza de trabajo, también como gestores de las empresas y sus encuentros con la patronal no son nada diferentes a una reunión entre los cuadros de las mismas.

El papel del sindicalismo minoritario en la huelga

Tras el anuncio del preacuerdo surgían los asombros por una parte de la huelga, sobre todo la vinculada a la CGT y a la CTM. Si bien desde el principio de la huelga ya eran muchos los trabajadores vinculados a estos sindicatos que no se fiaban de la burocracia sindical, el error nefasto era partir desde un voto de confianza hacia CCOO y UGT en su papel dirigente. No era cuestión de sustituir unas direcciones por otras, sino que la condición inicial para mantener la huelga era plantear la necesidad de la organización asamblearia y coordinada de todos los trabajadores por encima de organizaciones sindicales. Si bien esto no se planteó desde un principio, era de obligatoriedad plantearlo y organizarlo a lo largo de la huelga, si bien parte de las organizaciones de esta izquierda sindical estuviera más entretenida de pasear junto a políticos de la izquierda del Gobierno o del andalucismo que para más oportunismo planteaba la huelga como una lucha territorial.

La trampa ya estaba organizada, solo faltaba presentarla, como ocurrió ayer por la noche, entre secretismos propios de una burocracia sindical que como ella misma declaraba a los medios, era consciente de que se trataba una verdadera miseria y el abandono de una gran parte del sector metalúrgico de Cádiz.

Ha tenido que llegar a ese punto de no vuelta atrás cuando algunos se han acordado de que se debían plantear verdaderas asambleas decisorias en cuanto a toda la huelga. Ya era tarde, el tren había pasado y lo dirigía la burocracia sindical hacia la precariedad del metal en Cádiz. Pero el discurso de las asambleas abiertas de los trabajadores del sector ha quedado disuelto cuanto los representantes de la CGT han podido negociar con la patronal, obteniendo mejoras salariales a cambio de deslegitimar la huelga haciéndola pasar por días de vacaciones. Todo logro temporal aún siendo considerable, cosa que finalmente han impedido los sindicatos, están condenados previamente si la clase trabajadora se enfrenta a sus explotadores de forma dividida y bajo la guía de los tribunos laborales cuyos intereses no son los de satisfacer nuestras necesidades como clase trabajadora.

Nuevamente se ha evidenciado como los sindicatos minoritarios van a la zaga de CCOO y UGT, y con la intención de ocupar un lugar entre ellos en una negociación parcelada sobre las condiciones de unas plantillas divididas, mientras guían la rabia de los trabajadores hacia luchas callejeras con la policía que tanto gusta a los medios para intentar aislar y criminalizar las luchas.

¿Qué aprendemos de la huelga?

Si algo nos permite saber la envergadura de una huelga es su asamblea y el grado de capacidad decisoria que esta alcanza. Es en la asamblea donde se materializa el programa de los trabajadores y la universalidad de sus reivindicaciones. En una asamblea parcelada en sectores, en eventuales y fijos, en trabajadores de las diferentes contratas, la clase no aparece como el sujeto de la lucha, sino más bien como una mera fuerza de choque atomizada y en manos de los sindicatos. Esta ha sido la debilidad inicial de la huelga del metal de Cádiz, si bien su gran fuerza ha sido la capacidad movilizadora de todos los trabajadores y vecinos en solidaridad con la huelga y contra la represión del Estado.

De que podamos organizarnos más decididamente como trabajadores en lucha por nuestros intereses, depende de que aprendamos las lecciones de esta huelga y de toda la experiencia pasada del movimiento obrero. De cuáles son las tácticas fallidas y cuales son las posiciones y la organización necesaria para plantear una organización trabajadora decidida y que tenga claro que la emancipación de la clase trabajadora sólo puede ser obra de ella misma y que la organización en el puesto de trabajo pasa por la asamblea de todos los trabajadores, por encima de afiliaciones sindicales, en la que los trabajadores se organicen como iguales, sin divisiones impuestas.